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Preguntas frecuentes · Primera consultaTreinta y ocho preguntas reales de quien está pensando en pedir cita y todavía no se ha atrevido. Respondidas una a una, incluidos todos los miedos que nadie confiesa.
La duda previa a todas las demás. Empecemos por ella.
La vara de medir no es cuánto sufres comparado con otros (ese concurso no lo gana nadie), sino cuánto te está costando tu vida: semanas sintiéndote mal la mayor parte del día, el sueño roto, el trabajo cuesta arriba, las relaciones resentidas, o esa sensación de ir funcionando por fuera y apagándote por dentro.
Y un dato contra el «no es para tanto»: la mayoría de mis pacientes llega más tarde de lo que debería, no antes. Consultar a tiempo no convierte nada en grave. Al contrario, suele ser lo que evita que llegue a serlo. Si dudas por dónde empezar, escribí una guía para ti: por dónde empezar.
Tres preguntas rápidas: ¿tiene causa y proporción? (una mala racha suele tener motivo visible y tamaño acorde); ¿mejora algo con el tiempo y los cuidados de sentido común, o lleva semanas igual o peor?; ¿te deja funcionar, aunque sea a medio gas, o ya decide por ti lo que haces y lo que evitas?
Racha con motivo, que evoluciona y te deja vivir: probablemente vida. Sin mejora en tres o cuatro semanas, sin proporción con su causa o con tu día a día tomado: eso ya merece una evaluación, aunque solo sea para descartar con criterio.
Hay señales bastante claras: síntomas físicos intensos (insomnio severo, pérdida de apetito y peso, agitación), una terapia que tras meses de buen trabajo no mueve el cuadro, ideas de muerte, síntomas que sugieren algo más que lo emocional (euforia extraña, desconexión de la realidad), o la sospecha de que algo médico participa: tiroides, déficits, otro fármaco.
En esos escenarios, la evaluación psiquiátrica no sustituye a tu psicólogo: lo complementa. De hecho, los mejores resultados que veo son de ese equipo de dos, y me coordino con el terapeuta de cada paciente siempre que existe.
La regla práctica es esta: si predomina el malestar ligado a situaciones (duelo, ruptura, estrés laboral) y funcionas razonablemente, empezar por psicología es sensato. Si hay síntomas de peso (insomnio persistente, cambios de apetito, crisis de pánico repetidas, ideas de muerte) o llevas tiempo empeorando, empezar por psiquiatría ordena antes el caso: la evaluación médica descarta, diagnostica y decide si hace falta tratamiento, terapia o ambos.
Y las dos puertas trabajan juntas: yo derivo a psicología de forma habitual, y las psicólogas de mi equipo me derivan a mí. Equivocarse de puerta tiene poca importancia cuando ambas se comunican. La versión larga está en por dónde empezar.
Sin rodeos y sin dramatismo: pensamientos de hacerte daño con intención o plan, síntomas psicóticos (ideas extrañas, oír o ver cosas, confusión), o una situación que se deteriora por horas y no por semanas. En cualquiera de esas, urgencias hoy, o el 024, la línea de atención a la conducta suicida, a cualquier hora, también para familiares que no saben qué hacer.
Todo lo demás, incluida mucha angustia, tiene el ritmo de una cita preferente: pronto, pero con consulta ordenada. Si dudas entre los dos carriles, llama al 024 y pregunta: orientar también es su trabajo.
Puede, y ocurre constantemente: buena parte de mis primeras visitas las gestiona una pareja, una madre o un hijo, porque cuando uno está hundido, hasta llamar por teléfono pesa. La única condición real es que el paciente venga a la consulta sabiendo a qué viene y aceptando venir.
Lo que no funciona es la encerrona con cita sorpresa. Si tu familiar se niega en redondo, pide tú una orientación: te digo cómo enfocar la conversación. Y a veces esa consulta del familiar es la que acaba desatascando todo.
Todo lo que frena una primera cita, respondido sin esquivar nada.
No. La primera visita es una evaluación, no una emboscada farmacológica: mi trabajo ese día es entender qué te pasa (historia completa, contexto, descartes) y proponerte un plan, que puede incluir medicación, psicoterapia, medidas de hábitos, o combinaciones. Salgo a menudo de primeras visitas sin recetar nada.
Y cuando propongo medicación, la decisión es compartida: te explico qué, por qué, qué esperar y qué alternativas hay, y decides tú con la información delante. Mi criterio con los fármacos es el mismo en toda esta web: la medicación que cada caso necesita, durante el tiempo que la necesite.
Claro que sí, y es un uso perfectamente legítimo de la consulta: una evaluación diagnóstica que te diga qué es lo que tienes, qué opciones existen (con y sin fármacos) y qué camino tiene mejor pronóstico en tu caso. Con ese mapa, decides tú.
Mi compromiso, el mismo que dejo escrito en por dónde empezar: si lo que necesitas no es mi consulta, te lo diré en la primera visita.
No. La medicación en consulta ambulatoria es siempre voluntaria: tu autonomía como paciente está protegida por ley, y ningún psiquiatra puede obligarte a tomar nada. Las únicas excepciones son situaciones legales excepcionales (riesgo vital inminente con autorización judicial) que nada tienen que ver con una consulta normal.
En la práctica diaria: propongo, explico y tú decides. Y si decides que no, seguimos trabajando con lo que sí: un «no» a un fármaco no te expulsa de mi consulta.
El ingreso psiquiátrico es un recurso excepcional para situaciones excepcionales (riesgo vital inmediato, cuadros psicóticos graves), no algo que ocurra por llegar llorando o contar que estás fatal. La inmensa mayoría de las depresiones y ansiedades, incluso severas, se tratan en consulta, en casa y con tu vida en marcha.
Y en los raros casos donde un ingreso es aconsejable, se habla, se explica y casi siempre es voluntario. Vengas como vengas, lo esperable de una primera consulta es salir con un plan y volver a casa.
Ni lo uno ni lo otro: contarme pensamientos de muerte no activa ninguna alarma legal ni ningún juicio moral. Activa exactamente lo que necesitas, que es una evaluación seria de cómo protegerte y tratarte. Los pensamientos oscuros son síntomas frecuentes de la depresión; los escucho cada semana y sé leerlos con calma.
Ese es el sitio donde contarlos: la consulta es el lugar diseñado para que esas palabras dejen de pesar en secreto. Callarlos por miedo es darles el único poder que tienen.
Es confidencial: el secreto profesional cubre todo lo que se habla en consulta, y nada viaja a tu médico de cabecera, tu empresa o tu familia sin tu consentimiento. Si te conviene que tu médico tenga un informe (a menudo es útil para la continuidad), se hace contigo y porque tú quieres.
Las excepciones son las de la ley para situaciones de riesgo grave e inminente, las mismas de cualquier acto médico. Fuera de eso: lo que se dice en consulta, se queda en consulta.
Dos verdades contra ese miedo: la primera, que los diagnósticos en psiquiatría son instrumentos de trabajo que orientan el tratamiento, no tatuajes: se revisan, se afinan y muchos se retiran al recuperarte. La segunda, que lo que etiqueta y limita no suele ser el diagnóstico, sino el cuadro sin tratar decidiendo tu vida año tras año.
En mi consulta el diagnóstico se explica, se justifica y se pone al servicio del plan, nunca al revés. Y «loco» es una palabra que no existe en medicina: existe gente pasándolo mal y tratamientos que funcionan.
En veinte años de profesión, el paciente que exagera es una rareza estadística; el que ha esperado demasiado aguantando, la norma absoluta. Si has llegado al punto de plantearte una consulta, hay algo real que evaluar: la gente no fantasea con ir al psiquiatra por diversión.
Mi trabajo es entender lo que te pasa: de dónde viene, cómo se llama y cómo se trata. Vienes a ser escuchado con método, no a pasar un examen de credibilidad.
Pasa muchas veces y no interrumpe nada: llorar en una primera consulta es de lo más humano que existe. A veces es la primera vez que alguien escucha la historia entera, y el cuerpo responde. Los pañuelos están en la mesa por algo. Y quedarse en blanco tampoco es problema: preguntar bien es mi mitad del trabajo.
No necesitas llegar entero ni traer un discurso preparado. Llega como estés: con eso me basta para empezar.
Te preguntaré, sí, porque el alcohol y el cannabis interactúan con los síntomas y con los tratamientos, y sin ese dato el mapa sale incompleto. Y si dices la verdad, pasa esto: el plan se hace bien en vez de mal. Sin sermones, sin fichas policiales, con el mismo secreto profesional que todo lo demás.
En la consulta no hay respuesta que me escandalice. Y la sinceridad tiene un efecto clínico directo: cada dato real mejora el tratamiento.
Estás leyendo una página de preguntas y respuestas de un psiquiatra, probablemente a deshoras, así que déjame decirte que lo entiendo con conocimiento de causa: buscar información antes de dar el paso no es debilidad ni ridículo, es lo que hace hoy cualquier persona sensata con algo que le preocupa. Esta web existe precisamente para ese momento.
En consulta no solo no me molesta: me sirve. Trae lo que has leído, lo que te encaja y lo que te asusta: ordenar esa información contigo es un punto de partida excelente. La búsqueda ya la has hecho; lo que falta es la evaluación clínica, y esa no puede hacerla una IA.
Saber qué esperar desmonta la mitad del miedo. Aquí está, paso a paso.
Escuchar tu historia con método: qué te pasa y desde cuándo, cómo duermes y comes, tu energía y tu ánimo, tu historia médica y la de tu familia, tratamientos previos si los hubo, tu contexto (trabajo, relaciones, hábitos). Una conversación ordenada, no un interrogatorio: yo pongo las preguntas y tú pones tu historia.
Al final te devuelvo lo esencial: mi impresión diagnóstica, lo que hay que descartar y un plan propuesto explicado con claridad. El detalle completo de cómo trabajo está en la consulta.
La primera visita dura lo que necesita una valoración exhaustiva, bastante más de lo que dura una consulta convencional: sales cuando tu caso está entendido, no cuando suena una campana. Es la inversión que hace que todo lo demás funcione.
El seguimiento depende del cuadro: al inicio las revisiones son más cercanas para ajustar pronto, y se van espaciando con la mejoría. La psiquiatría ambulatoria bien hecha no implica una sesión semanal indefinida: el calendario se decide en función de cada cuadro.
¿Prefieres hablar de tu caso? Reserva una valoración o escríbeme por WhatsApp.
Con frecuencia sí, al menos con una impresión diagnóstica sólida y un plan para empezar. Otras veces hay que decir «necesito descartar antes» (una analítica, información de evolución, alguna prueba) y el diagnóstico se cierra en la segunda visita. Prefiero ser preciso a ser precipitado.
Lo que sí te garantizo de la primera cita: salir sabiendo qué pienso de tu caso, qué falta por confirmar y cuál es el siguiente paso.
Solo lo que aporte a entender el presente: la infancia sale cuando es relevante (a veces lo es mucho: un TDAH de toda la vida, un trauma temprano) y no se escarba por protocolo cuando no lo es. La primera consulta prioriza lo que te trae hoy.
Y una regla tuya, no mía: cuentas lo que quieras contar al ritmo que quieras. Lo que no salga en la primera visita tendrá su momento si lo necesita: la confianza también es un proceso clínico.
Se habla de tu vida, porque los síntomas viven en ella: un insomnio no se entiende sin saber del trabajo que te desvela, ni una depresión sin el contexto que la rodea.
El equilibrio es clínico: tu contexto me importa en la medida en que explica, mantiene o alivia lo que te pasa.
Con frecuencia pediré una analítica, y es buena señal que se pida: tiroides, vitaminas, metabolismo. Hay cuadros «psiquiátricos» que resultan ser médicos, y tratamientos que requieren un punto de partida medido. La exploración complementaria forma parte de evaluar bien.
Si ya traes analíticas recientes, tráelas: ahorran tiempo y pinchazos.
En mi consulta, la receta sin explicación no existe: si propongo un fármaco sabrás para qué es, qué esperar y cuándo, sus dos o tres efectos secundarios relevantes, cuánto tiempo está previsto y qué alternativas hay, incluida la de no medicar y qué pasaría entonces.
Está demostrado que un paciente que entiende su tratamiento lo cumple mejor y le funciona más. La explicación no es cortesía: es parte del fármaco.
La recomiendo a diario: hay cuadros donde la psicoterapia es la primera línea, y muchos más donde la combinación con el tratamiento médico es lo más eficaz. Recetar y derivar forman parte del mismo plan.
En mi caso, además, con ventaja logística: trabajo con las psicólogas de mi propio equipo, así que la coordinación entre tu terapia y tu tratamiento no depende de que dos consultas desconocidas se llamen por teléfono. Ocurre en la misma casa.
Puedes, y a menudo lo recomiendo: cuatro oídos retienen más que dos, y quien te conoce aporta una perspectiva que a veces completa la tuya: cómo te ve, desde cuándo, qué ha cambiado. Tú decides si te acompaña toda la consulta o solo una parte.
También habrá momentos a solas si los necesitas: hay cosas que se cuentan mejor sin público, y eso también se respeta. El formato lo pones tú.
Atiendo desde los 16 años: la adolescencia tardía es una edad crítica donde muchos cuadros debutan, y donde llegar pronto cambia pronósticos. En menores de edad, la primera consulta incluye a los padres en la medida adecuada: con información, pero respetando también el espacio propio del adolescente, que es clínicamente imprescindible.
Para edades más tempranas, la psiquiatría infantil es una superespecialidad con sus propios expertos, y ahí oriento la derivación correcta.
Media hora de preparación multiplica el valor de la primera cita.
Tres apuntes de cinco minutos cada uno: qué te pasa y desde cuándo, con ejemplos concretos de un día malo; qué has probado ya y qué efecto tuvo; y las tres cosas que más quieres recuperar de tu vida. Ese tercer apunte, que casi nadie trae, es el que mejor orienta un plan.
Escríbelo en el móvil o en un papel, da igual: el objetivo no es traer deberes perfectos sino que los nervios del momento no se coman lo importante. Lo que se te olvide, lo pescaré yo preguntando.
Las cinco que ordenan todo: ¿qué crees que tengo y por qué?; ¿qué plan me propones y qué alternativas hay?; ¿cuándo y cómo notaré mejoría?; ¿qué efectos secundarios debo vigilar, si hay fármaco?; y ¿cuándo nos revisamos y qué señales justifican llamar antes?
Un buen especialista responde las cinco sin incomodarse: un paciente que pregunta sigue mejor su tratamiento. Pregunta con libertad: la consulta es tuya.
Depende del tratamiento: algunos fármacos alivian en días; los antidepresivos necesitan de dos a cuatro semanas para arrancar; la psicoterapia suele mostrar movimiento en el primer par de meses. En la primera visita te doy el calendario esperable de tu plan concreto: saber cuándo esperar qué evita abandonos justo antes de la mejoría.
Y hay un efecto más rápido: buena parte de mis pacientes sale de la primera consulta mejor de lo que entró, porque por fin alguien ha puesto orden, nombre y plan a lo que pasaba. Ese alivio también cuenta, y llega el primer día.
La relación con tu psiquiatra es parte del tratamiento. Elígela con criterio.
Criterios que funcionan mejor que la publicidad: formación y trayectoria verificables, experiencia declarada en lo que a ti te pasa, tiempo real de consulta (la primera visita corta es mala señal universal), opiniones de pacientes leídas con criterio, y esa prueba definitiva que solo da la primera cita: salir sintiéndote escuchado y con un plan que entiendes.
Mi trayectoria está contada con detalle en sobre mí y las opiniones de mis pacientes, en opiniones. Júzgame con los mismos criterios que te acabo de dar.
Preguntándolo sin rodeos («¿trata usted habitualmente casos como el mío?») y mirando lo que publica: un especialista con experiencia real en tu cuadro habla de él con detalle y matices, no con generalidades intercambiables. Las páginas de esta web sobre lo que trato existen para eso: que compruebes antes de venir si tu problema es de los que conozco a fondo.
Y si lo tuyo no es mi terreno, te lo diré y te orientaré a quien sí: esa respuesta también distingue a un buen especialista.
Puedes, y hazlo sin culpa: la evidencia dice que la relación terapéutica es un ingrediente activo del tratamiento (no un extra decorativo), así que «no conectar» no es una tontería tuya: es un dato clínico. Un profesional seguro de su trabajo no se ofende por una segunda opinión ni por una despedida; te facilita el informe y te desea suerte.
Distingue eso, sí, del cambio en bucle cada vez que un tratamiento pide paciencia: cambiar de médico no trata el cuadro. Una o dos búsquedas hasta dar con el tuyo es razonable; si el patrón se repite una y otra vez, eso también merece hablarse en consulta.
Se puede y funciona: la evidencia respalda la consulta psiquiátrica por video con resultados comparables a la presencial en la mayoría de los cuadros, y mi consulta online atiende a pacientes de toda España: evaluación completa, seguimiento y recetas incluidos.
Los detalles (cómo funciona, para qué casos es idónea y para cuáles recomiendo presencial) están en consulta online.
A quien tú quieras y nada más: no existe obligación de contarlo en el trabajo (tu salud es confidencial, también para tu jefe) y en la familia decides tú el cuándo y el cuánto. Si decides contarlo, el formato que mejor funciona es el concreto y tranquilo: «estoy tratándome el sueño y el ánimo con un médico, y me está ayudando».
Verás que la reacción más frecuente hoy no es el estigma que temes: es un «yo también fui» o un «qué bien, llevaba tiempo pensando que deberías». El tabú es hoy mucho menor de lo que parece antes de contarlo.
Las dos cosas pueden convivir, y lo digo con respeto ganado: me formé y trabajé años en la sanidad pública, y sus profesionales hacen medicina digna con tiempos indignos. Si tu cuadro es estable y el tratamiento funciona, ese seguimiento puede bastar. El problema es el cuadro activo que necesita ajustes finos y revisiones cercanas: ahí, esperar tres meses entre consultas de diez minutos sale caro en tiempo de vida.
La vía privada aporta lo que la pública no puede darte hoy: tiempo de consulta real y continuidad entre visitas. Y son compatibles: muchos de mis pacientes mantienen ambas. No es una deslealtad al sistema: es tratarte con los medios que tu momento necesita.
Las dos preguntas de logística, en versión breve y con su página completa detrás.
La pública ofrece buena medicina con tiempos largos, válida para cuadros estables; los seguros dan acceso rápido con consultas a menudo breves y rotación de profesionales; la privada pura compra las dos cosas que más importan en salud mental: tiempo de consulta real y el mismo especialista siempre.
La comparación completa (qué aporta cada vía y cuándo tiene sentido cada una) la tienes en la página sobre la consulta privada de psiquiatría en Sevilla. La versión aplicada a ti: en la primera llamada, sin compromiso, desde contacto.
El precio te lo decimos al pedir cita, por teléfono o WhatsApp. Y la pregunta de si merece la pena tiene una vara de medir concreta: compárala con el coste de seguir como estás, en sueño, trabajo, relaciones y tiempo de vida en modo espera.
Lo que garantiza mi primera visita es lo que has leído en esta página: el tiempo que tu historia necesite, una evaluación completa y salir con diagnóstico o plan de descarte, tratamiento propuesto y siguiente paso claro. Eso es lo que compras.
Dr. Federico LópezMédico psiquiatra · Nº colegiado 4116760 · Última revisión: julio de 2026Presencial en Sevilla (HAGNES Medical, San Bernardo) o por videoconsulta para toda España.
También puedes escribir por WhatsApp o llamar al 610 948 546.